Llevo tres tardes con el mismo archivo abierto. Es la ponencia. Diapositiva doce, la que tengo que borrar y volver a escribir cada vez, porque cada vez me parece que digo demasiado o que no digo nada. Fuera ya es de noche y yo sigo ahí, moviendo una gráfica dos centímetros a la izquierda como si eso fuera a cambiar algo. En mayo terminamos de recoger los datos del segundo curso. En unos meses tengo que ponerme de pie, delante de gente que sabe mucho más que yo de esto, y contarlo.
Y hay un momento, siempre, en que me pregunto qué hago yo metida en esto. Soy profesora de secundaria. Doy clase en un instituto de Plasencia. No soy investigadora, no vengo de una universidad, no tengo un equipo detrás. Tengo un aula, un grupo de adolescentes que al principio no querían ni cerrar los ojos, y casi treinta años haciéndome la misma pregunta: esto que hago, ¿de verdad sirve, o me lo estoy contando yo?
Por eso me presento a un congreso
Este año voy a llevar los resultados de nuestro proyecto al XI Congreso Internacional de Mindfulness, que se celebra en Zaragoza en 2026. Y quiero explicar por qué, porque no es un capricho ni una medalla que colgarme.
Un congreso científico no es un escenario para venir a decir lo bien que lo hago. Es casi lo contrario. Es un sitio donde te expones a que otras personas —investigadoras, docentes, gente que lleva décadas midiendo estas cosas— miren tu trabajo de cerca y te pregunten lo incómodo. Cómo lo mediste. Con qué herramientas. Qué controlaste y qué no. Qué puedes afirmar de verdad y qué es solo una impresión tuya. Es un filtro. Y lo que no pasa el filtro, se cae.
Me presento precisamente por eso. Porque el mundo del mindfulness y del bienestar está lleno de afirmaciones bonitas que nadie ha comprobado. Frases redondas, promesas de calma, cursos que aseguran transformarte en ocho semanas. Y yo, que llevo media vida dentro de esto, sé lo fácil que es creerse las propias buenas intenciones. Por eso necesito el escrutinio. Necesito que alguien que no me quiera bien mire lo que hemos hecho y me diga si se sostiene.
Qué es lo que llevo
Desde el curso 2024-25 mantenemos en el IES Pérez Comendador un programa estable de innovación educativa que llamamos Centro Mindfulness. No es una actividad suelta ni un taller de un día. Son dos cursos sostenidos, con sesiones mensuales para el alumnado y el profesorado, y quincenales para las familias. Puedes ver el proyecto completo aquí: Centro Mindfulness – IES Pérez Comendador.
Este último curso, el 2025-26, decidimos dar un paso más y medirlo en serio. Pasamos unas escalas al empezar, en septiembre y octubre de 2025, y volvimos a pasar exactamente las mismas al terminar, en mayo de 2026. Las mismas personas, las mismas herramientas, el antes y el después. Con los adultos usamos escalas validadas internacionalmente —MAAS, FFMQ, PHI, PSS-10, SCS—; con los adolescentes, las versiones pensadas para su edad —CAMM, MAAS-A, PHI, SCS-SF—. Y sumamos, además, un estudio empírico propio.
No voy a dar aquí ni una sola cifra. Los resultados completos se presentan en el congreso, y hasta entonces no me parece serio andar soltándolos por internet. Contar la conclusión antes de someterla a revisión sería exactamente lo que critico en los demás. Así que tocará esperar.
Qué significa medir con escalas validadas
Quiero explicar esto sin tecnicismos, porque me parece que es el corazón del asunto. Una escala validada no es un cuestionario que me he inventado un domingo. Es una herramienta que muchos equipos de investigación, en muchos países, han probado durante años para asegurarse de que mide lo que dice medir y de que lo mide de forma parecida en gente distinta. Cuando yo uso la MAAS o la CAMM, no estoy usando mi vara de medir: estoy usando una vara que ya existía, que otros construyeron con cuidado, y que me permite comparar lo nuestro con lo de fuera.
Esa es la diferencia entre el mindfulness que se siente y el mindfulness que además se mide. Sentirlo está muy bien, y es real; cualquiera que respire y se pare un rato lo nota. Pero mi impresión no es un dato. Yo puedo estar convencida de que a mis alumnos les va mejor, y estar equivocada, y no darme cuenta porque quiero que les vaya mejor. Medir es ponerle freno a mi propio deseo. Es aceptar de antemano que los números podrían decirme que no, que esta vez no ha pasado gran cosa. Y estar dispuesta a contarlo igual.
Medir no es presumir. Es aceptar de antemano que los números podrían darte la razón o quitártela, y comprometerte a contarlo de las dos maneras.
Lo que los números no capturan
Y a la vez —y esto también tengo que decirlo— no todo cabe en una escala. Hay algo que vi con mis propios ojos y que ninguna gráfica va a recoger del todo. Al principio, cuando les propuse callar y quedarnos en silencio un rato, había resistencia. Risitas, incomodidad, un chaval que necesitaba llenar el hueco con una broma porque el silencio le pesaba. Es normal, el silencio asusta un poco. Y con el tiempo empezó a pasar algo: aprendieron a habitar silencios cada vez más largos sin salir corriendo de ellos. A estar. Eso lo llevaré también al congreso, como observación cualitativa, con toda la humildad de lo que no se puede meter en una tabla pero se puede describir con honestidad.
Por qué esto te protege a ti
Si has llegado hasta aquí buscando ayuda, quiero que sepas por qué todo esto te importa a ti y no solo a mí. Cuando alguien que ofrece mindfulness se molesta en medir, en pasar sus datos por un foro donde pueden rebatírselos, te está dando algo que no da la mayoría: la certeza de que no te va a prometer lo que no puede cumplir. El sector del bienestar tiene demasiada gente vendiendo certezas. Buscar el escrutinio, exponerte a que te corrijan, es la manera más honesta que conozco de decirte: esto es lo que sé, hasta aquí llego, y lo que no sé te lo digo también.
Porque medir no convierte esto en medicina, y no quiero que te confundas ni un segundo. El mindfulness y el MBSR no son atención sanitaria ni psicológica, no diagnostican nada y no sustituyen ningún tratamiento. Si estás pasando por algo que necesita a un profesional de la salud, ve a por esa ayuda, por favor, y que esto sea, como mucho, un acompañamiento al lado. Yo soy instructora certificada de MBSR, formada en el Instituto esMindfulness de Andrés Martín Asuero, en el linaje del Center for Mindfulness de la Universidad de Massachusetts, el de Jon Kabat-Zinn. Y precisamente por respetar esa formación sé dónde termina lo que puedo ofrecerte.
Lo que sí puedo ofrecerte es un lugar para aprender a parar de verdad, con método y sin humo. El programa MBSR de ocho semanas que imparto es eso: un recorrido con décadas de estudio y práctica a sus espaldas, para entrenar la atención y sostener mejor lo que la vida te va poniendo delante. Si te apetece asomarte sin compromiso, aquí tienes los detalles del programa MBSR de 8 semanas. Y si prefieres ir despacio, leerme un rato antes de decidir nada, puedes suscribirte a mi carta: escribo de tanto en tanto, con calma, contando lo que aprendo por el camino —incluido cómo salió lo de Zaragoza cuando pueda contarlo entero.
De momento vuelvo a la diapositiva doce. A ver si esta noche por fin la dejo tranquila.
El mindfulness y el programa MBSR son prácticas de entrenamiento de la atención y el bienestar; no constituyen atención sanitaria, médica ni psicológica y no sustituyen ningún diagnóstico ni tratamiento profesional. Ante un problema de salud, consulta con un profesional sanitario colegiado.